En un entorno de crecimiento económico moderado y mayor presión sobre los costos, las instituciones financieras enfrentan el desafío de avanzar en innovación tecnológica sin comprometer la eficiencia operativa. En opinión de Jesús Flores, director de Servicios Financieros en Minsait, una empresa de Indra Group en México, el reto para 2026 no será elegir entre transformación digital o disciplina presupuestal, sino encontrar un equilibrio que garantice resiliencia, rentabilidad y confianza del cliente
En los últimos meses, los líderes del sector financiero se enfrentan a una decisión estratégica cada vez más clara: cómo avanzar en iniciativas de innovación digital sin comprometer la eficiencia operativa en un entorno de crecimiento moderado y presión sobre los costos.
Esta tensión entre crecimiento, innovación y eficiencia se ha convertido en uno de los principales dilemas para los comités ejecutivos y las áreas de dirección en banca y seguros.
Dicha disyuntiva no es nueva, pero se ha intensificado a medida que la transformación digital dejó de ser un proyecto aspiracional para convertirse en una exigencia competitiva. Hoy, la innovación ya no se mide solo por la adopción de nuevas tecnologías, sino por su capacidad de integrarse sin fricciones a los procesos existentes, generar valor medible y sostener la operación diaria sin elevar los riesgos.
En este sentido, las áreas financieras enfrentan una presión dual: responder a un entorno de clientes cada vez más digitales y exigentes, mientras contienen estructuras operativas heredadas que, en muchos casos, limitan la velocidad de ejecución y encarecen la operación.
Hay que recordar que el cierre de 2025 estuvo marcado por una desaceleración en la captación y colocación de recursos, lo que anticipa un inicio de 2026 caracterizado por una mayor cautela financiera. De acuerdo con estimaciones del Fondo Monetario Internacional (FMI), el crecimiento económico de México se ubicaría en torno a 1.5 % en 2026, por debajo del promedio regional.
A este escenario, ya de por sí complejo, se suman factores externos como las negociaciones comerciales en América del Norte y un entorno geopolítico volátil, que incrementan la incertidumbre y obligan a las instituciones financieras a priorizar la disciplina operativa y el control de costos.
Este contexto macroeconómico obliga a replantear prioridades. En lugar de grandes apuestas tecnológicas de alto riesgo, muchas instituciones están optando por estrategias de optimización incremental, enfocadas en automatizar procesos críticos, reducir redundancias operativas y mejorar la eficiencia del capital invertido en tecnología.
Por supuesto, la presión por demostrar resultados concretos también ha elevado el nivel de escrutinio sobre los proyectos digitales. Hoy, los consejos de administración demandan claridad sobre cómo cada iniciativa tecnológica contribuye a mejorar márgenes, reducir costos operativos o fortalecer la relación con el cliente.
Al mismo tiempo, la demanda de los clientes por productos financieros personalizados y experiencias digitales más eficientes continúa en aumento, elevando las expectativas sobre la capacidad de las instituciones para responder con agilidad y confiabilidad.
Así, la experiencia del cliente se ha convertido en un factor diferenciador clave en un mercado altamente competitivo. Fallas en plataformas digitales, tiempos de respuesta lentos o procesos poco intuitivos no solo afectan la satisfacción, sino que impactan directamente en la confianza y la retención, dos variables críticas para la rentabilidad de largo plazo.
En este escenario, la tecnología deja de ser un habilitador aislado y se convierte en un componente central de la estrategia de negocio, donde cada mejora operativa tiene un efecto directo en la percepción de valor por parte del usuario final.
Eventos de alta demanda y picos de consumo previstos para el primer semestre del año, como el Mundial de Fútbol, obligan a las instituciones a garantizar servicios estables, seguros y confiables, donde la confianza del cliente se convierte en un activo crítico. Un estudio de Gartner indica que las prioridades de inversión en las instituciones financieras se concentran en áreas como inteligencia artificial, ciberseguridad, analítica de datos y modernización de plataformas, con el objetivo de mejorar la eficiencia y la escalabilidad.
Con base en análisis recientes del FMI, los sistemas financieros que logran mayor resiliencia en entornos volátiles son aquellos que alinean sus inversiones tecnológicas con objetivos operativos claros y medibles. La modernización de plataformas, por ejemplo, resulta efectiva solo cuando se acompaña de una revisión profunda de procesos y modelos de gobernanza.
En paralelo, estudios de Gartner subrayan que la adopción de inteligencia artificial y analítica avanzada ofrece beneficios sostenibles únicamente cuando se integra a flujos operativos existentes, evitando soluciones aisladas que incrementan la complejidad y los costos de mantenimiento.
En este marco, los responsables de tecnología y transformación enfrentan el reto de priorizar inversiones que generen impacto tangible en el negocio, manteniendo la disciplina presupuestal y la continuidad operativa.
Para lograr resultados sostenibles, las iniciativas tecnológicas deben vincularse a indicadores claros de productividad, eficiencia operativa y retorno de inversión, más allá de objetivos puramente tecnológicos.
Así, el verdadero desafío para los líderes financieros no radica en elegir entre innovación o eficiencia, sino en encontrar el equilibrio adecuado entre ambas. La clave está en priorizar proyectos que mejoren la productividad, fortalezcan la seguridad y habiliten la escalabilidad, sin comprometer la estabilidad operativa ni la disciplina presupuestal.
De esta manera, las organizaciones que logren articular esta visión estarán mejor posicionadas para enfrentar un entorno de crecimiento moderado, alta competencia y expectativas crecientes por parte de clientes, reguladores e inversionistas.
En 2026, la capacidad de adaptación será clave: contar con planes claros, equipos multidisciplinarios y una visión que equilibre innovación con eficiencia marcará la diferencia entre crecer y solo resistir el entorno.


